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La Gran Entrevista

Ximena Ortúzar: “Cuando dejé de ser la voz de las ocho, empecé a ser Ximena”

Treinta y un años frente a las cámaras y un día en que la luz roja se apagó para siempre. Una conversación honesta sobre jubilarse, reinventarse y aprender a vivir con la ansiedad.

Ximena Ortúzar Bascuñán, 66 años · Ex conductora del noticiero central de la televisión chilena

Magazine portrait of an older Chilean woman with silver hair seated in an armchair, looking thoughtfully at the camera

Para varias generaciones de chilenas y chilenos, la voz de Ximena Ortúzar fue la compañía de cada noche: la que daba las noticias del terremoto, de los plebiscitos, de los campeonatos y de las despedidas. Durante treinta y un años condujo el noticiero central de la televisión nacional, y su rostro se volvió tan familiar como el de una vecina que uno saluda en la feria.

Hace tres años, un martes cualquiera, leyó su último titular y se despidió con una frase sencilla. Quienes la veían pensaron que se iba a descansar. Lo que no sabían es que, detrás de esa sonrisa serena, se escondía un vértigo que no había sentido ni en la transmisión más difícil de su carrera: el de quedarse sin el papel que la había definido durante más de la mitad de su vida.

Nos recibe en su casa de la precordillera, entre libros, plantas y una mesa de trabajo donde hoy modela arcilla. Sirve el té con calma, se acomoda en su sillón favorito y acepta conversar, por primera vez con tanto detalle, sobre la ansiedad que la visitó después del retiro, sobre la pregunta que nadie le había hecho —“¿y ahora quién eres?”— y sobre lo que fue descubriendo cuando por fin dejó de mirar el reloj de los cierres de edición.

Esta es una entrevista larga, pausada, de esas que se leen con una taza en la mano. Le sugerimos tomarse su tiempo.

Durante décadas me presenté como “la voz de las ocho de la noche”. El día que ya no tuve noticiero, tuve que aprender a presentarme como Ximena.

P.Ximena, después de tres décadas en pantalla, ¿cómo fue el día después de su último noticiero?

Ximena:Fue un día extrañamente silencioso. Me desperté a la misma hora de siempre, a las seis y media, con el cuerpo listo para revisar los diarios, llamar a la producción y ensayar el titular. Y no había nada que revisar. Me quedé sentada en la cama con el teléfono en la mano, esperando una llamada que no iba a llegar.

Yo había imaginado ese día como un alivio, y sí hubo algo de alivio, pero también apareció un vacío físico, casi como cuando se corta un sonido que uno ya no escuchaba de tanto oírlo. Esa tarde caminé hasta el supermercado y me di cuenta de que nadie me estaba esperando en ninguna parte. Era libertad, pero una libertad tan grande que me mareaba.

P.¿Cuándo apareció la ansiedad y cómo la reconoció?

Ximena:Al principio no la reconocí. Pensé que era cansancio acumulado. A las tres semanas empecé a despertarme de madrugada con el corazón acelerado, con esa sensación de que se me había olvidado algo importante. Hacía listas mentales interminables, revisaba el correo cada cinco minutos y me costaba quedarme quieta en una conversación porque sentía que estaba perdiendo el tiempo.

Un día, en la fila de una farmacia, se me cerró el pecho y sentí que no podía respirar. Volví a casa temblando. Mi hija me dijo, con muchísimo cariño: “Mamá, esto no es cansancio, esto es angustia”. Y fue la primera vez que me permití llamarla por su nombre. Ponerle nombre fue el comienzo de todo.

P.¿Qué era exactamente lo que más temía?

Ximena:Temía dejar de ser importante. Suena duro, pero es la verdad. Cuando uno aparece en televisión todos los días, la gente le da un lugar: le piden opinión, le abren puertas, le sonríen en la calle. Yo temía que, apagada la cámara, ese lugar se disolviera y que quedara una señora de sesenta y tres años que ya no servía para lo que había hecho toda su vida.

También temía el silencio de las tardes. Me aterraba la idea de las tardes largas, sin un horario que las ordenara. Aprendí que lo que me daba miedo no era el tiempo libre, sino enfrentarme a mí misma sin un uniforme profesional que me protegiera.

P.En Chile, la jubilación también trae preguntas muy concretas sobre la seguridad económica y la AFP. ¿Cómo lo vivió?

Ximena:Con mucha humildad, porque es una angustia que compartimos casi todos, aunque algunos no la digan en voz alta. Yo tuve la suerte de contar con cierto respaldo, pero eso no me liberó de la inquietud de ver cómo cambiaba mi forma de vivir. Me sorprendió comprobar que la ansiedad por la plata no era solo una cuenta aritmética: era una pregunta sobre si iba a poder seguir siendo autónoma.

Lo que me ayudó fue sentarme con una asesora previsional y mirar mi situación de frente, con papeles sobre la mesa. Hay algo que alivia muchísimo cuando uno pasa de la imaginación catastrófica a los datos reales. Y después hice algo que me enseñó mi mamá: ordenar la casa financiera como se ordena la despensa, sin dramatismo, un paso a la vez. No resolvió todos los miedos, pero los redujo a un tamaño que podía manejar.

Quiet garden terrace with two chairs and potted plants at sunrise with hills in the background

P.¿Quién es Ximena sin el micrófono? ¿Cómo fue reconstruir esa identidad?

Ximena:Esa es la pregunta más difícil y también la más linda. Durante mucho tiempo me presenté como “la del noticiero”. Cuando alguien me preguntaba a qué me dedicaba, se me trababa la lengua. Decir “estoy jubilada” me sonaba a que me habían guardado en un cajón.

Un día una vecina del club de adulto mayor del barrio, que no tenía idea de quién era yo, me preguntó: “¿Y a usted qué le gusta hacer?”. Me quedé en blanco. Nadie me lo había preguntado en décadas. Esa noche escribí una lista de cosas que me gustaban antes de ser conocida: el olor de la tierra mojada, dibujar, caminar sin destino, escuchar historias ajenas. Empecé por ahí, como quien reconstruye un mapa a partir de lo que recuerda del territorio.

Hoy me presento diciendo mi nombre y lo que estoy haciendo ese año. Este año, cerámica y voluntariado de lectura con niños. La identidad no se pierde: se reordena, y uno tiene que atreverse a ser principiante otra vez.

P.¿Qué herramientas concretas le ayudaron a atravesar esos meses de ansiedad?

Ximena:Primero, pedir ayuda profesional sin vergüenza. Comencé terapia con una psicóloga que me enseñó a distinguir entre el pensamiento y el hecho. Cuando mi mente decía “nadie te necesita”, aprendí a preguntarme: “¿Qué evidencia tengo de eso hoy?”. Casi nunca había evidencia, solo miedo.

Segundo, la rutina. Armé una estructura simple y amable: levantarme a una hora fija, caminar por el cerro por las mañanas, un trabajo manual a media tarde y una llamada con alguna amiga cada día. La rutina no es una cárcel, es un barandal. Tercero, la respiración. Parece poca cosa, pero cuando el pecho se me cerraba, contar cuatro tiempos de inspiración y seis de exhalación me devolvía al cuerpo.

Y cuarto, algo que subestimé: la comunidad. Me inscribí en un taller de cerámica de la municipalidad y descubrí que a mi lado había una exprofesora, un exchofer de micro y una señora que había criado sola a cinco hijos. Ahí nadie era “la del noticiero”. Éramos manos con barro.

P.¿Cómo cambiaron sus relaciones, con la familia, la pareja y los amigos?

Ximena:Cambiaron para mejor, pero no sin tropiezos. Mi marido, que también estaba jubilado, y yo teníamos que aprender a compartir el espacio. Los primeros meses nos molestaban cosas mínimas: cómo ordenaba él la cocina, mi forma de llenar el silencio con comentarios. Tuvimos que conversar con franqueza y acordar nuestros espacios y nuestros ratos juntos.

Con mis hijos fue hermoso, porque dejé de ser la mamá que siempre andaba apurada. Hoy almorzamos los domingos sin mirar el celular. Con las amistades me reencontré con gente que había dejado de ver por falta de tiempo. Y descubrí que la soledad no se combate con ruido, sino con presencia. Prefiero dos conversaciones largas a veinte saludos rápidos.

P.Si hoy tuviera frente a usted a alguien que siente miedo de jubilarse, ¿qué le diría?

Ximena:Le diría que ese miedo no es una debilidad, es una señal de que algo importante está cambiando, y que merece ser atendido con el mismo respeto con el que atendemos cualquier otro cambio grande de la vida. Le diría que no espere a que llegue el último día para empezar a preparar el primero.

Le diría también que no se apure en tener todo resuelto. Yo me exigí, al principio, encontrar un nuevo propósito en tres meses, como si fuera una tarea de la oficina. No funciona así. El sentido aparece mientras uno camina, no mientras se queda esperando en la vereda.

Y, sobre todo, le diría que pida compañía. Hay muchísima gente al otro lado esperando conversar. Nadie atraviesa esto solo, aunque a veces lo creamos así.

Reflexión final

Al terminar la conversación, el té se había enfriado y el sol ya se había movido de lugar en el living. Ximena se levantó, tomó una pequeña taza de cerámica de la repisa, todavía con las marcas de sus dedos, y nos la mostró con orgullo de principiante. “Está chueca”, dijo riéndose, “pero es mía”.

Quizás esa taza resume lo que nos dejó esta entrevista: que la jubilación no es el final de una identidad, sino la oportunidad de volver a modelarla con calma. Que la ansiedad que aparece al dejar el trabajo no es un fracaso personal, sino una respuesta humana a un cambio profundo. Y que pedir ayuda, construir una rutina con sentido y volver a pertenecer a una comunidad son herramientas al alcance de todas y todos.

Si usted se está preparando para jubilarse, o ya lo hizo y siente que el piso se mueve, le invitamos a una última reflexión: ¿qué parte de usted existía antes del cargo, del título, del horario? Esa parte sigue ahí, esperando que le pregunten qué le gusta hacer.

¿Esta conversación le resonó?

Conversemos sobre cómo acompañarle en su propio camino hacia la jubilación, a su ritmo y con personas que le entienden.